Detesto y rechazo las confesiones en la vida real, pero disfruto cuando se las escribo a mis personajes, y sobre todo cuando dirijo a los actores en ese tipo de escenas. En todas mis películas hay un momento límite en que uno de los personajes principales, o los dos, mantienen un monólogo confesional.
En el capítulo anterior...
Y cuando el dinosaurio despertó, Carver bebía, el oro de los tigres deslumbraba a Borges, Millás atendía el teléfono. Macondo entonces fue un sueño, una plegaria de Capote perdida en la lejanía de Bowles. El hombre ya no estaba allí. Solo encontraron un relato. Apenas un destello de vida.
3/26/2008
3/20/2008
Descatalogados. Tennesse Williams, Memorias
¿Qué es ser escritor? Yo diría que ser libre.Ya sé que hay escritores que no son libres, que trabajan asalariados, lo cual es una cosa muy distinta. Es posible que profesionalmente sean mejores escritores, tomando lo mejor de su sentido convencional. Están al tanto de las exigencias de los éxitos comerciales y satisfacen a sus editores y es de suponer que también a su público.
Pero no son libres, y por tanto no son lo que yo considero que debe ser un auténtico escritor.
Ser libre es haber alcanzado el objetivo de tu vida. Significa toda clase de libertades.
Significa la libertad de pararse cuando uno lo desea, de ir donde le apetezca y en el momento en que le apetezca: significa ser viajero aquí y allá, un viajero que pasa por muchos hoteles, triste o contento, y que los deja sin trabas ni demasiado pesar.
Significa la libertad de ser. Y como observó alguien muy sabiamente, si uno no puede ser uno mismo, ¿qué sentido tiene ser nada en absoluto?
Tennesse Williams
Memoirs
Traducción Antonio Samons
Bruguera 1983
1/21/2008
Suena una música...
Quédate con algo de mi, aunque solo sea u color o un olor, aunque solo sea eso. Me quedaré con algo de tí, aunque solo sea tu nombre, tu mundo, aunque solo sea eso. ¿Qué quedará de ti? ¿Qué quedará de mi? Cuando vayas por el mundo, mi nombre ¿qué te dirá? Si de ti, ni de mí, ni de tu mundo, ni de mi nombre, nada, nada quedará.
Marina Rossell
Queda't de mi alguna cosa
1/10/2008
Modestia aparte
Pregunta. ¿Qué esconde el priorato de Kingsbridge para atrapar a millones de lectores?
Respuesta. Una historia, una trama bien desarrollada y un argumento que hace que a la gente le interese. (...)
P. ¿Qué es un best seller?
R. Un libro capaz, por arte de magia, de ilusionar a quien lo lee. Ése es mi objetivo. Tengo claro que mi éxito está en atrapar al lector con la magia de la escritura.
P. ¿Le preocupa pasar a la historia como autor de un género tan denostado?
R. En absoluto. Para entonces estaré muerto. Lo único que me importa es que lo que escribo se lea ahora y que la gente disfrute.
P. Ha tardado 18 años en completar el libro. ¿Temió el fracaso?
R. Tras el éxito de Los pilares..., afirmé que no habría segunda parte porque me sentía incapaz de crear algo tan bueno. Además, estaba convencido de que era poco sabio, en ese momento, tratar de explotar el fenómeno. Pero ya han pasado unos años...
KEN FOLLET, escritor
Respuesta. Una historia, una trama bien desarrollada y un argumento que hace que a la gente le interese. (...)
P. ¿Qué es un best seller?
R. Un libro capaz, por arte de magia, de ilusionar a quien lo lee. Ése es mi objetivo. Tengo claro que mi éxito está en atrapar al lector con la magia de la escritura.
P. ¿Le preocupa pasar a la historia como autor de un género tan denostado?
R. En absoluto. Para entonces estaré muerto. Lo único que me importa es que lo que escribo se lea ahora y que la gente disfrute.
P. Ha tardado 18 años en completar el libro. ¿Temió el fracaso?
R. Tras el éxito de Los pilares..., afirmé que no habría segunda parte porque me sentía incapaz de crear algo tan bueno. Además, estaba convencido de que era poco sabio, en ese momento, tratar de explotar el fenómeno. Pero ya han pasado unos años...
KEN FOLLET, escritor
1/06/2008
Desde Zirma. Último adiós a Porfirio Valente, millonario

La última vez que estreché la mano de Porfirio Valente fue en el metro de Londres. Debió ser a principios de 1980, cuando en el Servicio temíamos que la crisis petrolífera y la invasión soviética de Afganistán desencadenaran una nueva Guerra Mundial. En medio de una multitud de rostros cansados, la sonrisa franca de Valente, entre dos soberbias mulatas, me pareció uno de esos espejismos que preceden a la muerte. Son mis nietas, anunció antes de cualquier saludo y con la picardía que en nuestros años jóvenes justificaba la compañía de alguna pupila de las varias casas de lenocinio que su padre mantenía. Como él mismo solía repetir, Valente estudiaba sólo para matar el tiempo. Con no pocas privaciones y demasiada tacañería, don Victoriano y doña Rita habían amasado una considerable fortuna que se multiplicaría tras el Ensanche diseñado por el arquitecto Soteras. Los Valente aceptaron demoler, se dijo que generosamente, los umbríos caserones aledaños al Teatro Imperial que movían la prostitución durante la posguerra. En la nueva calle porticada, Porfirio, tras ahuyentar a una caterva de cuñados y hermanos solterones, regentó los locales que hicieron moderna a la ciudad en los cincuenta. Sé por terceros que gastó sus días como un señor, según las definiciones que el diccionario establece para ese término pero oí también chismes sobre sus galanteos con la mujer de Soteras. Dieron que hablar los descapotables rojos, las noches con champán en la piscina, el eterno idilio con Bertice, la vocalista negra de la Orquesta Paraíso. En Bucarest le perdí el rastro, hasta aquel frío enero londinense. ¡Cuánto te he echado de menos!, dijo al abrazarnos. Unos paisanos con los que ayer coincidí frente al Floridita refirieron su muerte, solo y más rico que nunca, en la 312, su habitación favorita en el viejo Hotel Colón.
"Desde la ciudad de Zirma los viajeros vuelven con los recuerdos bien claros"
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Nuestros años mejores (se quedaron en nada)
11/08/2007
Al vuelo
10/20/2007
De la vejez como una de las bellas artes

Cuando lo compré, Truman era un señor que, según la Enciclopedia Durban, mi única fuente de conocimiento, arrasó Hiroshima. Tampoco me decían nada el apellido, Capote, y la filiación del otro, un tal Borges. Aquél otoño del ochenta el rojo y el amarillo invadieron los quioscos. ¿Quién se podía resistir al capricho de hacerse, por el precio de uno, con los dos libros? Luego, vinieron más títulos, cambié varias veces de casa, supe más de Capote y, una tarde de lluvia, quise ver a Kodama y a Jorge Luis, del brazo, por la Gran Vía. Al abrir ayer la Nueva antología personal, las páginas crujieron. Pese a que el papel y la impresión de hoy son diferentes, el libro que compré cuando fui joven no ha envejecido. La existencia de los libros se rige por una ley distinta: unos nacen en el orfanato de la indiferencia, otros crecen de un estirón y después desaparecen, los buenos se adaptan a la mudanza del tiempo, los mejores van de mano en mano hasta que se aseguran un alojamiento, temporal eso sí, pero digno, en cualquier estantería. La otra tarde, por ejemplo, descubrí en el escaparate de una librería de segunda mano un ejemplar de El síndrome Chejov. Con porte digno, desde el último anaquel observaba a Da Vinci, Potter, Ruiz Zafón y otras canciones veraniegas. “El síndrome...” se ha hecho adulto, pensé y le auguré el porvenir de los volúmenes de la colección Reno, que tanto gustaban a mi madre, de las novelas ilustradas de Bruguera, de los crisolines, de nuestra coloreada colección Austral. Es obvio que los libros sobreviven a quienes los escriben: en mi amarillenta antología borgiana ni está la lluvia que sucede en el pasado ni en la biografía de su autor se anuncia cierto día de junio de 1986, en Ginebra.
10/17/2007
A vueltas con lo mismo
"... Como diría un materialista, al escribir uno siempre se delata aunque quiera.
También en eso escribir se parece al matrimonio: uno descubre cosas de sí mismo que preferiría no saber.
Por eso nadie escribe para decir algo, sino para escuchar, para que lo que escribimos nos diga lo que no sabíamos de nosotros mismos, para que nos delate."
También en eso escribir se parece al matrimonio: uno descubre cosas de sí mismo que preferiría no saber.
Por eso nadie escribe para decir algo, sino para escuchar, para que lo que escribimos nos diga lo que no sabíamos de nosotros mismos, para que nos delate."
Rafael Reig
Público, 16 de octubre de 2007
10/05/2007
Andrés Rivera (palabras)

“...Tras la caída del Muro de Berlín, esa izquierda que se asumía como revolucionaria ha desaparecido de la contienda política. Las consignas de la lucha de clases han sido reemplazadas por las de la lucha contra la corrupción. ¿Qué dejó de valer la pena? ¿Cambiar el mundo? No. Yo creo que sigue siendo una propuesta. Porque si no el mundo no se va a suicidar, pero la vida se va a convertir en algo más atroz que lo que es ahora. (...) ¿A qué le tengo miedo? Es una buena pregunta. A ciertas horas del día. Despierto temprano; hoy, por ejemplo, a las seis de la mañana. Duermo bien. Pero entre las cinco y las siete y media de la tarde es como un largo momento de desolación. Ahí aparecen todos los fantasmas. Hasta que me voy a dormir. Se diluye, me entretengo con algunas lecturas, unas buenas y otras no. Hago mis compras. Camino por las calles. Nada ha cambiado. No hago balances pero sí, tengo la certidumbre, que se acerca en esas horas, cuando el día finaliza, de que estoy cerca del final. Y, por favor, que se entienda bien esto que digo: no tiene, o yo pretendo que no tenga, ninguna carga de patetismo. Es una certidumbre.”
El profundo sur
Veintisieteletras, Madrid 2007
10/04/2007
Las voces y los días
En la certeza de tenerlo cerca, hacia el trabajo, de viaje, camino de alguna parte, no advertí su ausencia. Con el paso cambiado por un nuevo horario, un naufrago dio la voz de alarma: de algún tiempo a aquella parte, la brisa nocturna parecía menos cálida. El azar o el destino hicieron que el día de su vuelta yo, recién llegado también, entretuviera con la radio el tiempo vacío de la convalecencia. No lo esperaba, no había escuchado el inicio de la emisión, pero enseguida reconocí la naturalidad, el porte, la llaneza. Cierta mujer que traté me había preguntado muchas veces: ¿Le conoces? Decepcionada por los años, los fracasos sentimentales y un mundo que ya no le pertenecía, todas las noches, a eso de las diez, ella abandonaba cualquier compromiso, cualquier compañía, incluso la de su televisión todavía en blanco y negro, para quedarse a solas con el único hombre que le parecía coherente, aquél que sólo era una voz. No, no lo traté. Sólo una vez, hace muchos años, lo vi, de lejos, en cierta reunión. Tampoco escribí la historia de la mujer desengañada y a la que, como al naufrago, he recordado hace un rato. De la noche de su regreso sólo retengo una palabra tres veces repetida. Donde estés, Carlos: gracias, gracias, gracias
9/25/2007
Su rostro y mañana

"Conrad decía que escribía sobre todo para que la gente viera. Era el mismo afán que tenía cuando era marino. Lo peor que le podía pasar a un marinero era no ver. Yo escribo para que la gente vea. A veces ocurre que cuando más interés tenemos en ver, vemos menos. Al narrador (...) le pasa que cuando más falla a la hora de interpretar es cuando está mirando a las personas más cercanas."
Javier Marías
(entrevistado por Juan Cruz)
(entrevistado por Juan Cruz)
EPS, 23/09/07
9/20/2007
Acuse de recibo. La piel arrugada. Hacia una definición del entusiasmo
Al séptimo día tampoco descansó: le dolía la cabeza, el escándalo que llegaba desde el bar de abajo no le había dejado pegar ojo durante toda la noche, la víspera olvidó comprar café y, al abrir el grifo, lamentó haber dejado al portero con la palabra en la boca. En esas circunstancias, no se sintió con fuerzas para buscar alguno de los libros que habían quedado a medio leer o para sentarse ante el ordenador. En calzoncillos, dio varias vueltas por la casa. Al fin, se tumbó en el sofá y concentró la mirada sobre los calcetines anaranjados. Recorrió una a una las bolitas que acusaban el desgaste de la lana hasta que su mente encontró un argumento a tanta contrariedad. Sobre las páginas de una guía telefónica, Enrique Redel escribió, al cabo de un rato, las primeras líneas de La piel arrugada, un análisis de la pérdida del entusiasmo en las sociedades contemporáneas. Lejos de plantearlo como un espejismo, el autor desafía a San Agustín y, al igual que algunos novelistas estadounidenses, sitúa el concepto en el campo de lo cotidiano, como aquellos viejos calcetines que protegían sus pies. Pero discrepa de los pensadores ortodoxos, que asocian ese impulso a la juventud y de quienes lo vinculan a un empeño más o menos imposible. “El engaño emana de la misma etimología del término –escribe-, nadie podrá demostrar que todo entusiasta lleva un dios dentro”. Tras sortear con habilidad la tentación de convertirse en un nuevo gurú de la autoayuda o de la literatura visionaria, Redel sugiere al lector una gimnasia para mantener su entusiasmo: compartir lo que se admira, entregarse sin reservas a todo cuanto parece atractivo. Resistir, en definitiva, al peor de los tedios. Ése que nos hace creer que el fin del mundo ocurrirá en domingo.
Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma.
Albert Schweitzer (1875-1965)
Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma.
Albert Schweitzer (1875-1965)
La piel arrugada. Diario de un entusiasta
Enrique Redel
Zhen Ediciones
9/10/2007
Cada escritor es una casa

Cuando la fama era otra cosa, cualquier lector podía contactar con relativa facilidad con un autor popular. Algunos, como Martín Vigil, solían consignar su dirección al final de sus novelas. Otros respondían con amabilidad las cartas que recibían. No recuerdo cómo obtuve su número pero sé que, pocos días después de que ingresara en la Academia, hablé por teléfono con Carmen Conde. La llamé otras veces, más tarde, con algún pretexto, una entrevista para la revista del instituto o la felicitación por alguno de los muchos libros que publicó en aquél tiempo. La circunstancia de que viviera en la misma casa que Vicente Aleixandre, otro de mis escritores favoritos por entonces, hacía más atractivas aquellas conversaciones. El joven que fui imaginaba a los dos bardos sentados frente al televisor, como mi madre veía la telenovela con la vecina del séptimo. Al cumplir los diecisiete, Cien años de soledad y Últimas tardes con Teresa me abrieron otros horizontes lectores. Me encontré con Carmen Conde pasado el tiempo, cuando ya no leía sus poemas: charlaba en un acto con Rosa Chacel, su rival en la terna de entrada a la Española. Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, con la espléndida biografía de José Luis Ferris recupero la casa de Velintonia 3, los poemas de El tiempo es un río lentísimo de fuego –uno de sus mejores libros, para mi gusto- y la negativa elegante de la escritora –"hay una enferma en casa"- al adolescente que pretendió aprovechar una escapada a Madrid para visitarla. En el vacío de lo que ya no es, Ferris pone nombre y situación a lo que en sus memorias era sólo una insinuación, sin que nadie, ni la autora, ni sus lectores, tengan la sensación de haber caído en ese afán sensacionalista tan de nuestro tiempo.
9/01/2007
Operación Retorno/De Mario Benedetti, "Amor por el bosque"

Había una vez un bosque, lleno de trastos viejos y florecillas nuevas, entre los que, inconscientemente alegres, corrían, volaban, saltaban o, simplemente, transitaban sus habitantes naturales: gorriones, vaquitas de sanantonio, mulitas, zorrinos, liebres, perdices, ranas, cotorras, picaflores, etcétera.
Las relaciones zoociológicas eran relativamente buenas. Después de cada lluvia los hongos nacían como hongos, y eso daba abundante motivo a los cantos, graznidos, cotorreos, mugidos, rebuznos y otros medios de comunicación de masas. Las flores eran vulgares y silvestres, pero por lo menos nadie las pisoteaba. Con su samba de una sola nota las insistentes ranas llenaban la noche. Eran verdaderamente llenadoras. En época de relativa escasez, los animales mayores corrían la liebre; pero cuando la escasez era más grave hasta las liebres corrían la liebre. Sin embargo, y pese a todas las dificultades de la vida salvaje, aquel era un bosque feliz.
Naturalmente había objeciones contra la tozudez de las mulitas, la difamación de las cotorras o la ronca sapiencia de los sapos; pero después de todo un picaflor tenía casi los mismos derechos que un yacaré, la única diferencia estaba en la dentadura. Todos estaban autorizados a ver el cielo, que aparecía entre las altas ramas y, cuando las calandrias cantaban el himno del bosque, los pinos se quitaban respetuosamente las copas y todos los árboles lo escuchaban de pie.
Por supuesto, un bosque es un conjunto de árboles y de matas, pero en él todo marcha mucho mejor cuando se arbola que cuando se mata. Esto no pareció importarle demasiado a un señorito ceñudo y sañudo que apareció en el bosque una mañana gris. De entrada, miró con resentimiento a arbustos y alimañas. Como anticipo, pisoteó un escarabajo y le arrancó lentamente las alas a una mariposa. Al día siguiente vino con otros hombres igualmente ceñudos y sañudos, acompañados de extraños instrumentos, herramientas y maquinarias. Durante dos o tres semanas, indiferente a las más hondas aspiraciones de la flora y de la fauna, taló y taló. No dejó un solo árbol en pie. Los animales y animalitos que, por algún azar, lograron sobrevivir a la hecatombe, pasado el estupor inicial huyeron despavoridos.
Por fin, el hombrecito hizo cargar todos los troncos en enormes caminos. Sólo una tortuga quedó, por razones que ustedes podrán imaginar, para presenciar esta última operación. Por lo tanto, fue ella el único testigo de un extraño gesto: el hombrecito desenrolló un gran cartel y lo colocó en el primero de los camiones. Como la tortuga era analfabeta no pudo enterarse del texto del letrero, que decía: "Yo quiero a mi bosque, ¿Y usted?"
Las relaciones zoociológicas eran relativamente buenas. Después de cada lluvia los hongos nacían como hongos, y eso daba abundante motivo a los cantos, graznidos, cotorreos, mugidos, rebuznos y otros medios de comunicación de masas. Las flores eran vulgares y silvestres, pero por lo menos nadie las pisoteaba. Con su samba de una sola nota las insistentes ranas llenaban la noche. Eran verdaderamente llenadoras. En época de relativa escasez, los animales mayores corrían la liebre; pero cuando la escasez era más grave hasta las liebres corrían la liebre. Sin embargo, y pese a todas las dificultades de la vida salvaje, aquel era un bosque feliz.
Naturalmente había objeciones contra la tozudez de las mulitas, la difamación de las cotorras o la ronca sapiencia de los sapos; pero después de todo un picaflor tenía casi los mismos derechos que un yacaré, la única diferencia estaba en la dentadura. Todos estaban autorizados a ver el cielo, que aparecía entre las altas ramas y, cuando las calandrias cantaban el himno del bosque, los pinos se quitaban respetuosamente las copas y todos los árboles lo escuchaban de pie.
Por supuesto, un bosque es un conjunto de árboles y de matas, pero en él todo marcha mucho mejor cuando se arbola que cuando se mata. Esto no pareció importarle demasiado a un señorito ceñudo y sañudo que apareció en el bosque una mañana gris. De entrada, miró con resentimiento a arbustos y alimañas. Como anticipo, pisoteó un escarabajo y le arrancó lentamente las alas a una mariposa. Al día siguiente vino con otros hombres igualmente ceñudos y sañudos, acompañados de extraños instrumentos, herramientas y maquinarias. Durante dos o tres semanas, indiferente a las más hondas aspiraciones de la flora y de la fauna, taló y taló. No dejó un solo árbol en pie. Los animales y animalitos que, por algún azar, lograron sobrevivir a la hecatombe, pasado el estupor inicial huyeron despavoridos.
Por fin, el hombrecito hizo cargar todos los troncos en enormes caminos. Sólo una tortuga quedó, por razones que ustedes podrán imaginar, para presenciar esta última operación. Por lo tanto, fue ella el único testigo de un extraño gesto: el hombrecito desenrolló un gran cartel y lo colocó en el primero de los camiones. Como la tortuga era analfabeta no pudo enterarse del texto del letrero, que decía: "Yo quiero a mi bosque, ¿Y usted?"
7/17/2007
Desde Olivia. Ni plazo que no se cumpla

En una vida torcida como la de Felipe Alcorta, mi sobrino, no cabía otro final. En esta ciudad sin secretos todo el mundo conocía el calvario que supuso para mi hermano mayor su matrimonio con Obdulia Cañabate pero preferí mantenerme al margen de las habladurías. Ahora, en cambio, sí me gustaría que esos que presumen de conocer el pasado de Felipe se armaran de valor y preguntaran, alto y claro, si no fue su madre, tan ambiciosa como irresponsable, la causante de todas sus desdichas. ¿Quién lo condujo a la quinta del arquitecto Redento Soteras, a sus fiestas, a sus excentricidades de genio? ¿Cómo se explica que no pudiera impedir que huyera al extranjero con Pilarín Otuna y que años después, tras el entierro de mi hermano, se las ingeniara para retenerle en un lugar en el que siempre fue el hazmerreir? De todas las jugadas de Obdulia, la última fue la mejor, aunque ya no moviera la baraja. La llegada del francés, la cantina, las juergas, los escándalos, otra vez, y un desbarajuste que ha terminado del único modo posible: mal. Quizás parezca una tontería pero Felipe pudo redimirse. Aquella misma tarde, en mi casa, juró que cambiaría de vida. Yo intuía que no había tiempo aunque no quise desanimarle. En treinta años, era la primera vez que nos encontrábamos a solas. Al parecer, desde la muerte de Soteras estaba inquieto. Alguien, que supongo que las hermanas Durango conocerán, había puesto en circulación un sobre con documentos. Tan angustiado lo vi que quise acompañarle al restaurante. Durante el paseo se empeñó en que le recordara una oración que le enseñé de niño. La repitió varias veces. Nos despedimos en la puerta, sin caer en sentimentalismos. Tengo la certeza de que afrontó con serenidad el último renglón de su destino.
Pero a través de estas palabras tú comprendes en seguida que Olivia está envuelta en una nube de hollín y pringue que se pega a las paredes de las casas...
Las ciudades invisibles
Italo Calvino
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Nuestros años mejores (se quedaron en nada)
6/28/2007
Garrote, garrote vil
De todos los comensales, él, aquél día, el del Libro, era el menos dicharachero. Y, sin embargo, tenía mucho que contar. Pero Joaquín Guerrero Casasola, que acababa de obtener el premio L'H Confidencial de novela negra, se limitó a informarnos de que estaba cursando un doctorado en Salamanca. Ahora que he terminado de leer su espléndida novela Ley garrote recuerdo aquél almuerzo y lamento no haber sido indiscreto para averiguar si Gil Baleares, ese antiguo policía que abandonó el cuerpo “dizque por ideales, ética y esas cosas”, que vive “a salto de mata” y que tiene trabajo cuando alguien lo busca “después de haberlo intentando todo, igual que los desahuciados que buscan curanderos y brujos”, regresará pronto, como vuelven siempre los grandes, de Marlowe a Carvalho, desde que la literatura empezara a teñirse de negro. Ocupado con el entrecot y en seguir la conversación ajena, Guerrero Casasola olvidó, o se lo impidió la charlatanería del resto, hablarnos de ese Méjico que no es lindo ni se parece al que describía “ese puto de [Agustín] Lara que no se cansa de cantar aunque ya esté muerto”. Baleares, su personaje, opina el mundo es “un jodido laboratorio psicológico pervertido por la cadena alimenticia, el pez grande devorando al chico sin necesariamente tener hambre”. No seré yo quien le lleve la contraria. Por desgracia, la realidad es parte de la ficción y no a la inversa. Lo confirma la crónica periodística: “Mal pagados y peor entrenados, los agentes mexicanos son presa fácil para el crimen organizado” (El País, 26/06/07). De puertas para adentro, el extravío del Perro Baleares, la ingenuidad de Juanito el desdoblamiento de Yayo, la honradez del taxista en el último viaje, aportan su cuota a un realismo que no es mágico y sí descorazonador. Recuerdo a Guerrero Casasola, sentado ante mi en la mesa, elegante, silencioso, con esa mezcla de desconfianza y aplomo que usan los grandes escritores para contar la vida.6/16/2007
Desde Olinda. A Felipe Alcorta. In memoriam

Alcorta, amigo mío, sé que hasta los confines de la eternidad habrá llegado el eco de esa risa contagiosa que tanto buscamos quienes te quisimos. Con medias verdades algunos se empeñan en propalar que tu paso por la tierra estuvo lleno de desdichas y de desengaños. Conociéndolos, prefieren pasar por alto las circunstancias que, todavía niño, te obligaron a huir, oculto en un tren de mercancías. Para su colección de biografías ejemplares resulta más vistoso consignar tu amistad con Brel, como si fuera el fruto de una simple casualidad, y olvidar que peinaste la melena de Françoise Hardy para las fotografías que dieron la vuelta al mundo o que habías socorrido a La Mome cuando se desplomó en mitad de la actuación. Y en cuanto a lo que ocurrió después, intentan emborronarlo todo. Al parecer, regresaste por propia voluntad. Pero tú y yo sabemos quién se encontró contigo cerca de la estación; cómo y cuándo murió tu madre; quién desapareció sin dejar rastro; quién, una noche, volvió después; cómo te convenció y con qué argumentos para que te desprendieras de los discos, de las acciones, del dinero. Nadie tiene interés en explicar por qué se halló en tu chaqueta un pasaje de avión; cómo llegó tu fiel caniche, el día antes de que entraras en la cámara frigorífica, a la perrera municipal; a dónde fueron a parar las macetas; por qué ninguno de esos de los que ahora murmuran y lloriquean habían asomado por tu casa durante meses. Los muy ingenuos se creen a salvo en su mentira sin reparar en que, bajo la apariencia de un ser distraído y superficial, administrabas el rencor sobre la fórmula del “todo se paga”.
Que nadie se llame a engaño: Felipe Alcorta no perdonará jamás a sus deudores. Ni siquiera después de muerto.
Que nadie se llame a engaño: Felipe Alcorta no perdonará jamás a sus deudores. Ni siquiera después de muerto.
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6/14/2007
Eduardo Galeano. Los derechos humanos
La extorsión,
el insulto,
la amenaza,
el coscorrón,
la bofetada,
la paliza,
el azote,
el cuarto oscuro,
la ducha helada,
el ayuno obligatorio,
la comida obligatoria,
la prohibición de salir,
la prohibición de decir lo que se piensa,
la prohibición de hacer lo que se siente
y la humillación pública
son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo
–Los derechos humanos tendrían que empezar por casa –me comenta, en Chile, Andrés Domínguez
el insulto,
la amenaza,
el coscorrón,
la bofetada,
la paliza,
el azote,
el cuarto oscuro,
la ducha helada,
el ayuno obligatorio,
la comida obligatoria,
la prohibición de salir,
la prohibición de decir lo que se piensa,
la prohibición de hacer lo que se siente
y la humillación pública
son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo
–Los derechos humanos tendrían que empezar por casa –me comenta, en Chile, Andrés Domínguez
5/29/2007
La niebla herida
Lo peor que puede ocurrirle a un lector –un conductor, a fin de cuentas, extraviado en la autopista de una historia– es que, en mitad de la espesa niebla, se haga de noche y deba detener el viaje. Joaquín M. Barrero me contó que, aunque había urdido tramas desde joven, sólo en ese momento en que las obligaciones laborales dan paso a otras experiencias más personales había conseguido el tiempo y la serenidad necesarios para publicar una novela.Barrero reúne, sin duda, uno de esos perfiles de fotomatón a los que son tan propensos los periodistas. El del escritor tardío que logra que algunos de los mejores libreros de España, primero, una potente editorial, más tarde, y miles de lectores, después, se entusiasmen con un thriller. O para condensarlo en un titular, algo así como "Del anonimato al best seller".
Pero toda referencia periodística es siempre superficial. ¿Qué plumilla destacaría que a Joaquín M. Barrero le gusta emocionar a sus lectores? En La niebla herida, detrás del argumento –en la tierra nadie que se extiende desde la página hasta el corazón de quien sujeta el libro en sus manos– se advierten los colores de otra época, más pobre, más dura, distinta. Para los que nacimos después, la neblina obra el milagro, entonces, de mostrar los olores de la taberna, los secretos del matadero o la sensualidad de Jennifer Jones y Tom Tyler en los cines de programa doble.
Sí, hay muchos, demasiados, libros varados pero en La niebla herida nada se detiene. El lector huye con los muchachos que escapan de un suceso atroz, y a los que el destino dispensará un trato acorde con la dureza del momento, sin que durante la fuga pierda de vista el paisaje más negro que gris de la España del racionamiento.
Siempre asocio la niebla a los viajes que hice de niño en el modesto coche familiar. La niebla era entonces niebla y no el humo blanquecino de hoy. Como cuando salíamos al campo y la espesura gris borraba cualquier referencia. Eso ocurre a veces con los libros. Uno empieza a leer y no sabe cómo seguir ni a donde llegar. En La niebla herida, Joaquín M. Barrero guía con tino al lector.
¿Qué se puede esperar de un novelista que bautiza a su personaje con el nombre de Corazón?
5/04/2007
Acuse de recibo. Libros. La vida apacible

Más que el título, a Miguel Ángel Muñoz le había llamado la atención la preciosa caligrafía de la dedicatoria: “A Dimas Lanzat con la certeza de que, más pronto que tarde, volverá a reír la primavera. Guadarrama, 1957. Lys Ibáñez de Lope”. Muñoz se había topado varias veces con el fantasma de Lanzat mientras buscaba datos sobre los voluntarios de la zona en la División Azul para su primera novela. Varios documentos recogían la valentía de Lanzat en el frente, las medallas, el regreso, muy enfermo, y su labor posterior en el Hogar de Huérfanos. A partir de ahí, resultaba imposible seguirle el rastro. Algún tiempo después de la aparición del libro, un anónimo advirtió a Muñoz de que Lanzat, ya personaje literario, había muerto en un sanatorio para tuberculosos en 1960 y no a manos de los maquis. Sin embargo, Muñoz perseguía por entonces a Lys Ibáñez de Lope, la desconocida autora de “Un corazón en llamas”, aquel volumen de doce relatos que años antes compró en una librería de viejo. Sólo el veterano Gustavo Gálvez, embarcado en el monumental estudio “De la A a la Z, todos los autores de la tierra”, la recordaba vagamente: “Creo que fue una de las primeras falangistas, trabajó enfermera durante la guerra y después en Auxilio Social. Debió morir hace tiempo”. Tampoco en la Biblioteca Provincial obtuvo más dato que el de la existencia de un ejemplar de la obra. Pasados unos días, una mujer citó a Muñoz en un viejo piso de la Avenida de Maeztu. “No llegaré al verano –sentenció la anciana al término de la visita. Mi amiga Elisa, la funcionaria a la que preguntó por mi, sabe qué debe hacer cuando yo falte. Quédese con esos papeles y repare la injusticia que padecimos. Alguien pensó que estorbábamos. Nos acusaron de ser unos de degenerados, de abusar de las huérfanas. Lo hicieron en voz baja, por la espalda, sin un papel, sin una firma, para asegurarse de que no podríamos defendernos. Luego se olvidaron de todo, de Dimas, de mi, de la conjura y de las niñas. En esas carpetas está mi desengaño.”
"La vida apacible" reúne la obra narrativa de Lys Ibáñez de Lope, el borrador de unas memorias, la correspondencia que mantuvo con Rosales, Ridruejo o Panero y un interesante estudio de Miguel Ángel Muñoz sobre el Hogar de Huérfanos y su repentino cierre en el invierno de 1955.
"La vida apacible" reúne la obra narrativa de Lys Ibáñez de Lope, el borrador de unas memorias, la correspondencia que mantuvo con Rosales, Ridruejo o Panero y un interesante estudio de Miguel Ángel Muñoz sobre el Hogar de Huérfanos y su repentino cierre en el invierno de 1955.
La vida apacible. Obra completa.
Lys Ibáñez de Lope
Edición y notas de Miguel Ángel Muñoz
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