Y cuando el dinosaurio despertó, Carver bebía, el oro de los tigres deslumbraba a Borges, Millás atendía el teléfono. Macondo entonces fue un sueño, una plegaria de Capote perdida en la lejanía de Bowles. El hombre ya no estaba allí. Solo encontraron un relato. Apenas un destello de vida.

12/31/2006

v.o.s.

Porque no sabemos cuándo moriremos,nos creemos que la vida es un bien inacabable. A pesar de que las cosas sólo suceden un cierto número de veces; y un número muy pequeño en realidad. ¿Cuántas veces recordarás una tarde concreta de tu infancia, una que es una parte tan profunda de ti que ni siquiera puedes concebir tu vida sin ella? ¿Quizá cuatro o cinco veces? Quizá ni siquiera eso. ¿Y cuántas más verás alzarse la luna llena? Tal vez veinte, y aún así todo parece ilimitado.

El cielo protector
Paul Bowles

Because we don't know when we will die, we get to think of life as an inexhaustible well, yet everything happens only a certain number of times, and a very small number, really. How many more times will you remember a certain afternoon of your childhood, some afternoon that's so deeply a part of your being that you can't even conceive of your life without it? Perhaps four or five times more, perhaps not even that. How many more times will you watch the full moon rise? Perhaps twenty. And yet it all seems limitless.
The Sheltering Sky
Paul Bowles

12/27/2006

365-4=

Y cuántas veces más verás la luna llena

12/21/2006

El poema recuperado

Desde el empotro

Tengo un vaso en la mano que te llama
y un poema en los labios que decirte.
Desde el empotro, quiero repetirte
que solo permanece lo que se ama:
esta vieja amista que nos inflama
llamando al corazón para sentirte.
Volver un año más para pedirte
el brindis que la vida nos reclama.
Es el amor, que dulcemente llega...
Por éso, en el umbral del vino nuevo,
tiendo mi mano abierta a quien me niega
y pago al que ofrendí lo que le debo.
Desde la soledad de mi bodega,
por tí levanto el vaso -amigo- y BEBO.

Francisco Creis Córdoba


Anabel, tan atenta siempre, puso orden en las cosas y en la memoria. Gracias

Tempus fugit

Cada año, a finales de noviembre, busco en el laberinto de mi desorden la tarjeta con un soneto, el dibujo de Gregorio Prieto y cuatro o cinco líneas manuscritas en las que Francisco Creis, tan elegante como afectuoso, dejaba constancia de sus mejores deseos. Para mi desdicha, el destino no sólo nos arrebató un buen amigo hace algún tiempo sino que ha escondido, espero que no para siempre, en los confines de mi desorden la precisa combinación de cuartetos y tercetos que en Navidad me ayudaban a conjurar, entre tanta felicidad impostada, la nostalgia, el peso de la vejez, la incertidumbre frente al calendario. No queda aquí la maldad de los hados. A falta del documento impreso, mi memoria, siempre terca en lo preciso, se resiste a devolverme el poema. Como el diabético metódico que contase los dulces y los volviese a contar, renuncio a la totalidad del festín; aceptaría al menos cuatro o cinco versos. Los primeros, quizás, que situaban al autor en el silencio de su bodega, saboreando el vino mientras recordaba a quienes había querido. O el remate, tan intenso y rotundo como el mejor de los brindis. ¿Dónde está Paco? ¿Dónde la bodega, el vino, los viejos amigos, la alegría de otra época? ¿Dónde está el soneto de Paco? ¿Dónde, mi memoria? Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere?

12/20/2006

Navidad (o éso dicen)

El fin de año huele a compras,
enhorabuenas y postales
con votos de renovación;
y yo que sé del otro mundo
que pide vida en los portales,
me doy a hacer una canción.
La gente luce estar de acuerdo,
maravillosamente en todo
parece afín al celebrar.
Unos festejan sus millones,
otros la camisita limpia
y hay quien no sabe qué es brindar.
Mi canción no es del cielo,
las estrellas, la luna,
porque a ti te la entrego,
que no tienes ninguna.
Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla.
Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud;
pero el que nace bien parado,
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.
Por eso canto a quien no escucha,
a quien no dejan escucharme,
a quien ya nunca me escuchó:
al que su cotidiana lucha
me da razones para amarle:
a aquel que nadie le cantó.

Silvio Rodríguez

12/18/2006

Desde Diomira. Tráfico lento


La muchacha rubia sacó un paquete de tabaco del anorak. Retiró el precinto con torpeza, sin dejar de tiritar. El temblor se trasladó al cigarro, a la cajetilla que acercó a los otros conductores. Desde lejos seguían el ir y venir de los bomberos. Alguien masculló una queja. Durante un instante cruzaron las miradas. Hubo quien consideró de mal gusto el comentario pero el hombre llevaba razón: todos tenían prisa. Él consultó la hora y confirmó que no llegaría antes de las tres, demasiado tarde. Qué lástima de familia... –se lamentó la rubia. En plena recta –observó uno– no tiene explicación... El chófer dio una cabezada y al espabilarse pegó el volantazo –concluyó el más joven. Ay, en estas fechas –insistió la mujer. En la pensión, él había buscado toda la noche argumentos para explicar que no quedaba dinero, ni servirían las tarjetas, que habría que resignarse a cenar cualquier cosa. Pretendía llegar al banco un minuto antes de que cerraran, suplicar, llorar. ¿Quién sería capaz de negar un poco de consuelo en Nochebuena? De pronto, apareció la furgoneta atravesada en la autovía y... El as se le quedó en la manga. La grúa izó el esqueleto metálico, que se balanceó como un ajusticiado. Bueno, ya está –suspiró la del anorak. Los testigos emprendieron el regreso a sus vehículos. Sí, sería un buen pretexto: cortaron la carretera, estoy atrapado... Bajó la vista. Sólo tenía que disimular otra vez. Anduvo unos metros. Cogió una caja, dos, incluso podría acarrear tres. Y un poco más allá dio con la cartera, negra, alargada, de cobrador. Descorrió la cremallera. Entre las facturas sobresalían los billetes, marrones la mayoría, morados algunos. Sin correr, con mucha naturalidad, salió al campo. Encontró refugio en una pequeña hondonada. Se sentó a esperar. La tierra estaba húmeda. Respiró hondo.


Todas estas bellezas el viajero ya las conoce por haberlas visto también en otras ciudades.
Italo Calvino

Principal acusado

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"Todo misterio resulta al fin una trampa. El rastro de Miguel Fernández, su espejismo, conducen a la nada. Inventarlo fue mi error. Conocerle, mi tragedia.”